Casi todos los negocios tienen dibujado su embudo en alguna parte. Cuatro etapas, cinco como mucho: alguien te descubre, se interesa, valora, compra. Está en la pizarra, está en el panel de métricas y está en la conversación del lunes.
Y funciona. Ordena el trabajo, reparte responsabilidades y da números comparables entre semanas. No es un mal dibujo.
Lo que pasa es que no es un dibujo de tu comprador. Es un dibujo de tu proceso, con la forma de un dibujo de su cabeza.
Las etapas son tuyas: descubrimiento, interés, consideración, compra. Eso no es lo que hace una persona. Eso es lo que haces tú con una persona, y los dos han acabado con el mismo nombre.
De ahí sale una consecuencia rara que no suele mirarse de frente: puedes mover a alguien de la etapa dos a la etapa tres sin que en su cabeza haya cambiado nada. Abrió el email, se apuntó al webinar, pidió el presupuesto. El panel avanza. La persona sigue exactamente igual de indecisa que ayer, y tu embudo acaba de registrar progreso.
También ocurre al revés. Alguien puede decidirse del todo en una comida, hablando con un colega, sin tocar ninguna de tus etapas. Aparece dos meses después en el formulario de contacto y tu embudo lo registra como un lead frío recién llegado.
Nada de esto significa que el embudo esté mal medido. Significa que empieza a medir tarde.
Cuando alguien aparece en tu primera etapa, esa persona ya lleva un rato con esto. Ya se ha encontrado el problema, puede que hace mucho. Ya ha decidido si le importa. Ya ha oído hablar de una categoría de solución, o no. Ya ha probado algo y le ha ido regular. Ya tiene, sin saber que la tiene, una idea de lo que esto debería costar. Y ya hay alguien en su vida cuya opinión pesa más que tu página.
Todo eso ocurrió antes de la primera columna de tu panel. No está mal medido, no está medido.
Y aquí está lo incómodo, que es también lo interesante: es justo esa parte la que decide lo que tu embudo puede conseguir después. Dos personas que entran el mismo martes por el mismo anuncio pueden llevar dentro dos historias completamente distintas, y tu embudo las va a tratar igual, porque desde donde él mira son idénticas.
Debajo tienes esa historia dibujada entera, con la parte que tú ves marcada aparte.
Algo que puedes hacer esta semana
Leer un dibujo no cambia nada. Esto sí, y cuesta diez segundos.
La próxima vez que alguien te compre, en el email de bienvenida o en la primera llamada, hazle una sola pregunta:
«Antes de encontrarnos, ¿cuánto tiempo llevabas dándole vueltas a esto?»
Casi nadie contesta «una semana». Lo habitual son meses, y con cierta frecuencia años. Prepárate para alguna respuesta que te descoloque.
Y ahora la parte que lo convierte en información. Apunta ese número al lado de la fecha en que esa persona apareció por primera vez en tu embudo. Dos cifras, una línea.
La distancia entre las dos es la parte de la decisión que no viste.
Hazlo con los diez próximos clientes y vas a tener algo que casi ningún competidor tuyo tiene: la medida de tu propio punto ciego, en meses, con tus clientes y no con los de un estudio.
Nos leemos en quince días.
Y si quieres saber cuál de esos siete puntos es el tuyo
Esta carta te enseña que la parte que decide ocurre antes de tu embudo. Saber cuál de esas siete cosas está fallando en tu negocio concreto, y qué construir para arreglarla, es otro trabajo.
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